Control

Se pregunta cómo es que todo se derrumbó. Cuándo, por qué. Abre la puerta con un poco de torpeza, sólo tomó dos vasos de cerveza, no está ni siquiera mareado. ¿Por qué le cuesta enfocar? Siempre lo asoció con algo de la literatura, esa frase hecha de estar tan furioso que la vista se te vuelve rojiza. Pero ve todo borroso y podría jurar que sí, que ve rojo. Tantea la mesa hasta encontrar las llaves de la moto, no tiene ganas de agarrar el casco.
Le gusta correr. Sobre todo ahora, ahora que siente que no tiene control sobre nada, le gusta correr. Porque él controla la moto, él decide cuándo acelerar y cuándo frenar. Todo el resto de su vida se siente como un río que lo arrastra y lo ahoga, pero él controla la ruta. 
Esquiva los controles sin siquiera pensarlo, se interna en una de las villas para no pasar por la rotonda. Sale a la ruta un par de kilómetros después de donde sabe que está la policía. Acelera.
Se inclina hacia delante, siente el frío que le entra por las muñecas y el cuello de la campera, siente las lágrimas (son culpa del viento, no estoy llorando, es el viento) que se le enfrían a medida que le bajan por los pómulos. En la ruta hace más frío y el asfalto está un poco húmedo, y las lágrimas no lo dejan ver.
Sólo cuando ve la luz (desenfocada, inmensa) que se le acerca de frente se da cuenta de que ya no está en control, de que nunca estuvo en control. 

Soñar

Últimamente le cuesta dormir. Antes no sentía culpa. Mini decía lo que no sabe no puede lastimarlo, y ella no sentía culpa porque no lo lastimaba. Pero ahora él está herido, sus amigos ya no le hablan, la gente la mira con asco. Cuando cierra los ojos escucha muy fuerte a su conciencia, y no puede dormir.
Mini, Mini también está distinta. Más posesiva, más celosa. Una vez Mini dijo,  puedo aceptar que lo quieras a él mientras sepa que me querés a mí. Pero ahora no, ahora... Suena el teléfono, ella lo busca a tientas, presiona el botón correcto sin mirar la pantalla. ¿Sí? La voz cantarina que la saluda desde el otro lado evapora todos los malos pensamientos. ¿Puedo pasar por tu casa? 
La espera fumando un cigarrillo en el balcón. Contenta porque ella sonaba contenta en el teléfono; sonriente porque sabe que cuando abra la puerta, en el pasillo la va a esperar su sonrisa. Tenía miedo de que no fuera a hablarle nunca más, de que el enojo no se le fuera a pasar nunca. Pero ahora no piensa en eso, sólo en su cigarrillo y en la impaciencia que siente.
A veces le cuesta entenderse a sí misma. Cómo puede amar a dos personas al mismo tiempo, con tanta intensidad, de formas tan iguales, tan distintas.
Pero Mini lo borra todo. Como su llamada, el golpecito de la puerta y cómo te extrañé, hermosa; lo linda que está y sus besos que saben a frutas y a alcohol, todo se oscurece cuando aparece ella. También el insomnio desaparece. El sueño viene con facilidad después de hacer el amor, después de los besos perezosos que se acompañan con un cigarrillo, después de su sonrisa y dulces sueños, vida. Dulces sueños. 
(Después, ella hubiera preferido dormir sin soñar.)

Dinero

¿Quién fue que dijo que nadie habla de aquello que ocurre por debajo de la cintura? Ni de sexo, ni de estreñimiento (qué palabra horrible, estreñimiento), ni de dinero. Sobre todo, de dinero. Claro, se entiende por qué.
Tiene que cobijarse en la entrada de un edificio para que el viento no le impida encender el cigarrillo. Cuando vuelve a la calle, encoge los hombros y hunde la barbilla en el cuello de la campera. Se siente humillado.
Es como una forma distinta de decirte pelotudo, ¿no? Sos tan pelotudo, es tan obvio que vas a perder, que ahora pagás mi trago sin quejarte, que (pita el cigarrillo, hondo, rogando que entre todas esas toxinas haya mexclado algún psicotrópico, como haloperidol o clorpromazina, algo que le calme.) dejás que yo te tironee de acá para allá, que dejás que ella te engañe y la perdonás una, dos, todas las veces.
Piensa que debiera haber traído la moto, que cómo le gustaría ahora ir hasta la ruta, subir mucho más de cien, alejarse lo más posible de esta ciudad de mierda, de todas esas cosas en su vida que se están derrumbando. 
Dos cervezas no me hacen nada, debería haber venido en moto, dice, se concentra en eso y no en la mueca burlona de Mini, en la sonrisa compasiva de la bartender. No quiere pensar en esa noche en que se encontraron a Mini en el bar, en que ella lo convenció de invitarla un trago. Por los viejos tiempos, dijo. 
Fuimos amigos, piensa él. Fuimos amigos durante toda la secundaria, piensa. ¿Habrán estado juntas entonces?, piensa. Apura el paso. Quiere llegar a casa, quiere agarrar la moto y correr. Tan rápido y tan lejos como pueda, correr.

Violencia

Nunca ha sido una persona impaciente, cualquiera que le conozca puede asegurarlo. No necesita prenderse un cigarrillo extra mientras espera a alguien, no se molesta si tardan en atender una llamada suya. Es la única persona conocida capaz de lidiar con el tono de espera del servicio de ayuda de su compañía celular sin tamborilear los dedos sobre la mesa o quejarse.
O era. ¿Me das otra cerveza? La segunda y sólo lleva esperando unos veinte minutos. Llegó temprano, eso es cierto. Siempre llega temprano a todos lados, pero no por paranoia. Sencillamente, no le gusta hacer esperar a la gente, aunque no le molesta que le hagan esperar.
Bueno, casi nunca.
No va a venir, piensa. No va a venir, ni siquiera va a molestarse en avisarme. ¿Le habrá pasado algo? Sólo son cinco minutos, sólo son cinco minutos, se recuerda. Hay un cartel que prohíbe fumar pero nadie lo respeta, y eso le incluye. Suele dejar pasar unos cuantos minutos entre cigarro y cigarro, pero en cuanto deja caer al suelo una colilla, busca en sus bolsillos el atado.
Supone que el problema de la gente impaciente es que piensan demasiado. Lo supone, claro, porque eso le ocurre ahora. No puede dejar de pensar. Qué va a decirle, cómo va a mirarla. Si se sentirá culpable, si tendrá la misma camisa escotada de esa vez, en otro bar, y él tendrá que recordar semejante tortura, y el sabor de su chicle de menta en boca de ajena.
No se da cuenta de que está apretando demasiado el vaso de plástico hasta que siente algo líquido, frío, resbalarle en los dedos. Se mira la mano y nota que la cerveza ha rebalsado por falta de espacio. Se obliga a relajar los músculos, le empieza a doler la espalda. ¿Dónde está ésta mina?
Pero quizá hubiera preferido que no llegara, cuando entra con ese paso seguro y esa sonrisa fría y quitándose el abrigo mientras camina, saludándole con un gesto de la cabeza. Se sienta a su lado, pide un Sex on the Beach. Mini es la imagen misma de la femineidad, con sus tragos de colores y su aspecto casi frágil, la forma delicada de apartar el cigarro de sus labios. Pero es fuerte.
Él aplasta el filtro de su Marlboro entre los dedos a medida que la escucha. Porque ella habla, le da un discursito de diez minutos mientras el vaso se vacía entre sorbito y sorbito. En realidad está más preocupado intentando no golpear lo primero que tenga cerca como para escuchar todas las palabras (autocontrol, se dice, por dios, controlate, imbécil) pero entiende el concepto general.
Si me disculpás, tenía otros planes, le dice, y deja el vaso vacío en la barra. Le da un beso ligero en la mejilla, cuando cualquier otra persona hubiera preferido ese roce de mandíbulas que se da por cortesía en situaciones semejantes, y desaparece. La puerta se cierra enseguida, pero una corriente helada se introduce en el ambiente calefaccionado del bar, en sus pulmones, en su sangre. 
Apoya el vaso vacío en la barra con tanta fuerza que lo rompe. Se disculpa, apretando los dientes, pero la chica que le cobra (dos cervezas y un Sex on the Beach) nota la violencia emanando de él, una rabia fría, imposible. Le dice que no hay problema, le sonríe un poquito. Sólo un poquito.
Pero claro, sí hay problema. No voy a dejarla ir tan fácil, dijo Mini. Con esa sonrisa. Yo la quiero, vos la querés. Yo creo que me quiere, y voy a pelearla. ¿Algún problema? No, no hay problema. 

Escribir

Mini se inclina sobre la mesa, tapando el papel con el cabello. Escribe frenética, las palabras se desenredan sobre el renglón sin ton ni son. Mira la hora en el reloj apoyado a su lado, y deja caer la birome a mitad de la frase. Se pone en pie con brusquedad, y hace sonar los tacos camino al espejo.
Mini es bajita incluso con esos zapatos, que cualquier mujer en su sano juicio consideraría una tortura. Siempre camina muy derecha y jamás mira hacia abajo, y menos cuando se para frente a su reflejo.
Se acomoda el pelo en un rodete flojo, se pone máscara en las pestañas. Frunce los labios y sonríe. Siempre sonríe en los espejos. Siempre desde la primera vez que se puso tacos altos y un vestido apretado, y descubrió que no sólo era hermosa. Era poderosa.
Ella opina que hace años que deberían haber dejado de decirle Mini. En algún momento de su pubertad dejo de ser mínima, minúscula. Va a cumplir veintiuno dentro de poquísimo y (aunque sigue siendo la más baja de sus hermanas, la pequeña en la oficina, la diminuta cuando entra a una clase) ya no es “mini”. Bajo ninguna circunstancia.
Vuelve al escritorio, se sienta cruzando una pierna bajo el muslo. A pesar de que ya los corrió casi al borde de la mesa, vuelve a empujar el mouse y el teclado para que no le estorben. Termina de escribir la frase, marca un punto que es un manchón de tinta. Vuelve a mirar la hora y saca del bolsillo trasero de sus jeans en teléfono. Marca el número de un taxi.
Habla mientras escribe, como si no necesitara pensar en ello para que su muñeca baile al ritmo de las palabras. En el costado de la mano tiene una mancha negra por la tinta corrida.
Llena la hoja a las corridas, y finalmente cierra el cuaderno. Respira hondo. Siempre que está nerviosa por algo hace eso (escribir casi compulsivamente, volcar todo lo que tiene en la cabeza y quemándole en los dedos sobre una página en blanco) y luego no lo siente.
Se pone un saco y la bufanda, agarra la cartera de encima de la mesa de luz. Esconde el cuaderno bajo la almohada, y al salir del dormitorio cierra la puerta con llave. Grita mamá, no pongas el pasador que vuelvo tarde ésta noche y sale a esperar el taxi en la calle.
Cuando enciende el cigarrillo se habla un poquito, para no sentirse sola
Tengo que dejar de fumar. Tengo que dejar de verla. Tengo que dejar de tomar. Tengo que dejar tantos vicios. La única adicción sana que tengo es escribir.
(Se sonríe triste y aplasta el cigarrillo con uno de sus tacos antes de subir al taxi e indicarle el nombre del bar al conductor.)

Porno


Lo que quiero decir es… Digo, no es como cuando teníamos dieciséis, diecisiete años. Estamos grandes, ¿no? Ella sonríe y no dice nada, él sigue hablando. Se tropieza con las palabras. Cojer y no poder mirarnos a la cara en dos meses… Suspira, el nerviosismo se le sale por los poros. Eso, es de pendejos.
Ya sé, debería haberte llamado o no haber… Se traba, no sabe qué más decir.
Sí, ya está, fue un error; lo interrumpe. Ella se traga el orgullo malherido, el dolor, el anhelo, la vergüenza (propia y ajena), el amor silencioso y los llantos de madrugada. Junta todo eso y lo entierra bajo su carne, en los huecos de la sonrisa, en la forma nerviosa en que se estruja las manos. Se convence de que es lo mejor, que no quiere perder a un amigo y entonces lo interrumpe y dice sí, ya está, fue un error, una equivocación. Está todo bien, tarado.
Se ríe y la risa la siente con el sabor del alcohol barato, o de metal o vidrios rotos. O un regusto a besos por despecho, a mentiras que no son mentiras porque se excusan tras las buenas intenciones (es amarga y quema en la garganta y araña las cuerdas vocales, como siempre que forzamos una risita, una carcajada, una felicidad cualquiera).
Suena sincera. Será que tenemos los oídos gastados por el ruido de la calle y los auriculares muy fuerte y las noches de boliche que nos destrozan los tímpanos, piensa.
Toman cerveza en silencio, él se siente más tranquilo porque tiene los oídos atrofiados y oye risas honestas donde no las hay. Y si ella se ríe es porque siguen siendo amigos, si se ríe él no la cagó del todo y ella no está tan enamorada como para que la afecte lo que pasó.
Todo fue una exageración, se dice. Ni siquiera está enamorada, ¿no? Obvio que no.
Ah, el Negro me dijo que volvieron, dice después. Lo dice bien, mientras se cierra un poco la campera. Están sentados en la vereda, y el toldo no sirve de mucho cuando corre viento por la avenida. A él no le importa cuando se prende un cigarrillo (ella no fuma así que se limita a esconder las manos entre las piernas), con el humo se van algunas de las preocupaciones.
Sí, no daba tirar tanto tiempo juntos ahora. Qué sé yo. Claro, entiendo. Se le hace un nudo en la garganta, le nace un dolorcito en el pecho. Aparte, hacen tan linda pareja (ahora viene a descubrir que es buena mentirosa). Él sonríe.
Y hablan como si nada. La facu es un bajón, ¿vamos al reci de éste sábado?, todavía te debo un regalo de cumpleaños. ¿Te acordás de la vez que salimos con los chicos y…? Risas. El frío corta la piel. Y la vez que te bajaste ese jueguito porno al celu y tu vieja te armó un escándalo. Callate, tarada.
Cuando se despiden ella tiene una sonrisa como un sol, que le dura hasta subir al taxi. Dice la dirección, se aprieta las rodillas con las uñas y las lágrimas le queman en los ojos.

Tabaco

Los dos tienen la misma (poco recomendable) costumbre de dormir con el teléfono debajo de la almohada. Ella, porque tiene sueño pesado y sino, no escucha la alarma. Él, porque tiene el parlante del celular roto, así que necesita tenerlo lo más cerca posible para percibir su precario zumbido.
Siente algo vibrando cerca de la oreja y tantea hasta dar con el teléfono que molesta. Presiona cualquier tecla para acallarlo, y se da cuenta de que no es el suyo. La luz de la pantalla le molesta, pero consigue leer un nuevo mensaje de: Mini y el bichito de la curiosidad se le mete dentro. O de los celos, según quién lo mire.
Duda. Va a saber que lo leí, y me va a putear por la eternidad. Ni siquiera debería importarme. Igual, su teléfono tiene lo de marcar como no leído, ¿no? Al final, aprieta Ok. Una nueva pantalla aparece.
perdon, es q me habia ilusionado, pense q ibamos a poder estar bien d una vez y me viniste cn eso y tampoco soy de piedra. te quiero boluda. te quiero en serio. no me voy a meter mas. perdoname.
¿Y ahora? Sin darse cuenta, aumenta la fuerza en el brazo con que le rodea la cintura, y ella suelta un quejido, sin despertarse. Afloja la presión, y busca la opción de marcar como no leído. Ahí está. Va a volver a dormirse cuando se le ocurre algo.
Copia lo más rápido que puede el número de Mini de un teléfono al otro. Lo agenda con cualquier nombre, y guarda los dos teléfonos.
Da vueltas un rato, intenta dormirse. El olor dulce de su shampoo le bloquea los sentidos. Al final, se aparta con cuidado, procurando que el precario equilibro de ella en el borde del colchón no se vea alterado. Busca el atado sin prender la luz, algo de ropa en el desorden que tiene el suelo.
Sale al patio, para no despertarla. Respira hondo, enciende un cigarrillo, saborea el tabaco despacio. En voz baja, ensaya las palabras para cuando se decida a llamarla.  

Chocolate

Se aparece en la puerta con una caja de bombones, un morrito arrepentido y diciendo está bien, no voy a hacer más escenas. Ella no puede resistirse. Hablan dos segundos de banalidades, toman un café rápido, y los bombones quedan abandonados sobre la mesa de luz, junto con un corpiño al que nadie le tiene cariño. Se ríen, ella dice odio ese broche, te juro, y le muerde el cuello.
Igual que con los pronombres si intentara contar semejante escena, el verlas tiradas en la cama después, abrazadas; es un lío de brazos y piernas y cuerpo de mujer donde no se entiende quién es quién, dónde empiezan o dónde (por favor, lector, no malinterprete) acaban. Ella (son dos, pero ella al fin y al cabo) se estira y, alcanza la caja de bombones. Todavía no los probé, pero no confío en tus regalos. El primero te lo cedo; bromea. Se lo da en la boca, con una sonrisa divertida.
Todavía no estoy muerta, asegura luego de tragarlo; y le muerde un cachete con suavidad. Le cuesta una eternidad desenredarse de las sábanas y de su pelo para poder tantear el suelo hasta dar con los cigarrillos. Enciende uno, y acomoda la almohada bajo su cabeza antes de soltar el humo.
Ahora mi vida está completa, dice. Y sos toda mía, agrega, le quita de las manos el bombón que ella iba a comerse y, en su lugar, le planta un beso con sabor a chocolate y Lucky Strike.
Ella duda si decirle o no decirle. A pesar de todos los que puedan decir lo contrario, se considera una persona honesta. Eh, Mini; dije, bajito. ¿Qué pasa? Si está envenenado, no fui yo.
Decidimos volver. O seguir. Intentarlo. Balbucea, le cuesta armar una frase. Siente en el aire el momento en que ella la entiende y se vuelve pura furia. Ah, masculla; mientras se incorpora. Mini, por favor. Pero Mini se viste con el cigarrillo colgándole de los labios, amenazando con chamuscar la camiseta cuando se la pasa por la cabeza.
Está bien, dije que no iba a hacer escenas de celos; dice, con sarcasmo. Deja el bombón en la caja (o, más bien, lo tira); y se ata el pelo con brusquedad. Nos vemos. Tiene la voz un poco ronca, de rabia o de llanto contenido. Ella no lo sabe y no atina más que a decir Mini, otra vez, y escuchar el segundo portazo en unos pocos días.

Molestar

¿Seguís con ella? Le pregunta mientras prepara café. La máquina de expressos lleva rota casi desde que se mudó, y se ve obligado a sostener el filtro con una mano y dejar caer el agua con la otra, durante una pequeña eternidad.
Ella fuma en la ventana, tarda un segundo demasiado largo en contestar. Sí, supongo. Aunque está un poco ofendida, siempre dió por hecho que ella era más importante que vos. Agrega, con tono de cansancio. No va a decirlo pero se siente sola, con Mini mortalmente ofendida porque llore por alguien que no sea ella y los chicos decididos a no hablarle más por lastimar a su mejor amigo. Se aguanta porque está convencida de que lo merece.
¿Leche? Ofrece él, mientras le pone un poquito a su taza. Ella niega con un gesto de la cabeza. La última semana estuvo horrible, pero ya empieza a asomar la primavera, y deja la ventana abierta para que el aire fresco, pero tolerable, los acompañe.
Se sientan en el sillón, los dos con los pies en la mesa ratona y las tazas sobre el regazo. Ella se estira para alcanzar el cenicero de la mesa y colocarlo sobre el posabrazos, y procura mostrarse interesada en la forma en que se consume su cigarrillo. ¿Qué vamos a hacer? Pregunta al fin, cuando el silencio empieza a zumbarle como una mosca molestando junto a la oreja. La respuesta, claro, no le sirve de nada. No sé, la verdad. Él sorbe el café con aire ausente.
Ya está, digo, ya la cagué; reconoce ella, en voz baja. No recibe respuesta. Quiere llorar pero no quiere mostrarse débil, quiere decirle no te vayas pero se niega a suplicar. Da una pitada, mirándolo de reojo.
Supongo que, en realidad, no puedo perdonarte. Le costó admitirlo, pero es verdad. Su amor no llega a tanto. Sería más fácil perdonarla, claro, porque el dolor que tiene dentro lo está matando. Pero no puede, por más que quiera. Podríamos seguir igual, agrega, aunque no está muy seguro de lo que dice. 
Intentarlo. Se terminan el café sin decir nada más. Hay tantas cosas en el aire, humo de Marlboro, el vapor que surge de las tazas, las cosas que piensan revoloteando todo alrededor; que parece que se ahogaran. Dejan las tazas vacías sobre la mesita y salen al patio, fuman un pucho apoyados en la pared, dándole vueltas a sus opciones. Capáz es que no quieren tirar todo a la mierda o que ya se prometieron tanto que no pueden dejar las cosas así. Está bien, dice ella, puedo conformarme con eso. ¿Vas a volver a verla? Pregunta él, y ella niega con la cabeza. 
Es un poco extraño, demasiado tenso acercarse, detenerse con la cara demasiado cerca y no saber si están eligiendo bien. Finalmente, se besan despacio, como probando si son los mismos, buscando algo. Dejan los cigarrillos humeando en el alféizar de la ventana, y cierran la puerta tras ellos al entrar.

*Nota: Cambié la palabra original, "fastidiar", para adaptarme al contexto.

Leer

Papá toma para estar contento, porque es un borracho alegre, pero sobrio la sonrisa se le invierte y el ceño se le frunce. Mamá no toma porque tiene que ofrecer otro plato, alcanzar el queso, preguntar si les gustó la salsa, decir estás muy flaco nene. La Rusa no toma por su panza de tres meses, que ni se notaría si no fuera por la sonrisa esperanzada y cómo el novio le hace mimos despacito alrededor del ombligo. El novio sí toma, y papá no lo quiere porque es un zurdo barbudo sin futuro; pero la Rusa no dice nada y en realidad él, con las rastas y todo, gana más que todos en la mesa.
Ellos dos, sí toman. Ya es como la tercera copa, para aflojar el teatro, para no sentirse tan huecos con esa mentira encima. Ella, claro, siempre fue excelente actriz. Se ríe, dice sí, si es nene Giovanni, es un nombre hermoso, ¿le van a poner los dos apellidos? y el vino en su copa va desapareciendo, para aflojarle los hombros tensos, el golpeteo nervioso de los dedos contra la mesa, el deje metálico de la carcajada. Él puede leerla y en la forma en que presiona la copa al beber sabe que está pensando unos tragos más y me sentiré bien, me sentiré como si todo ésto no fuera mentira, como en casa.
Se entretiene buscando signos en los demás para no leerse a sí mismo. Se sirve otra copa, ofrece a todos, sonríe aunque le cueste. Ella es la única que lee los nervios, la inseguridad, la forma en que el hoyuelo de la mejilla derecha se vuelve rígido al mirarla a los ojos. 
Se conocen. Él puede leerla y le sirve la copa casi llena, hasta que no queda ni una gota en la botella, porque sabe que lo necesita. Para que se borroneen las líneas y no puedan leerse más, porque conocerse así a veces es incómodo, a veces preferirían que no. Él entiende el anhelo en la mirada, ella entiende el dolor en la sonrisa, y mientras la botella vuelve a la mesa, se dicen en silencio todas las palabras que habían quedado solas en la calle. 
Mamá trae otra botella, una copa afloja la conversación, la siguiente levanta risas más que sinceras. En otra vuelta a la mesa, la botella regresa vacía, los cubiertos se cruzan sobre los platos y la charla los lleva a tomar café al living. Nena, ¿vos creés que el bebé pueda tomar cafeína? dice mamá, y la Rusa se resigna a tomar un té de boldo para complacer a la futura abuela. 
Se despiden, la Rusa promete que, si lo convence al novio, la feliz pareja va a apadrinar al niño o niña. Se miran de reojo, salen lo más rápido posible y huyen en silencio hacia la esquina. 
Se detienen a prender los respectivos cigarros, ella pregunta cuándo vamos a decirles, él dice ¿vamos a mi casa? 

Ego

A pesar de todo se conocen las mañas. Cuando empezaron a salir él todavía vivía acá y siempre estaba a la vuelta de casa, sentado en el cordón de la vereda con un pucho, a escondidas de la madre. Como ahora, con la frente apoyada en las rodillas, contando los minutos que le quedan antes de tener que tocar timbre, empezar el teatro.
Ella se sienta al lado ¿cómo va? Obligado a levantar la mirada, suelta un suspiro cansado. Acá andamos, ¿vos? Se prende un cigarrillo, hablan de la facultad y del laburo y de ojalá que haya preparado ñoquis la vieja; que es como no hablar de nada, porque lo importante no se lo dicen.
Pasan un par de autos pero ésta zona del barrio, de callecitas y cortadas por las que apenas andan un par de bicicletas, es muy tranquila y más que nada a ésta hora, cuando cae la tarde, empieza a soplar el frío y las ancianas dejan de reglar las plantas para meterse a sus casas a mirar por la ventana.
Él tira la colilla y saca el atado, dice, cuando termine éste pucho entramos. ¿La moto? pregunta ella, se la presté al Negro para ir a buscar a la sobrina, me la devuelve mañana. Ah, claro. Fuman unas cuantas pitadas en silencio, él retrasando el entrar a la casa, ella buscando el valor para hablar. Se mira las zapatillas gastadas, que tiene desde el último año de colegio, evita mirarla porque sabe que lo está mirando y no quiere enfrentarla.
Se atragantan cobardías. Quisiera gritar, si no supiera que se le va a quebrar la voz, quisiera decir seré soy una egoísta pero te extraño, pero te necesito, pero estoy celosa, pero te suplico perdón. Antes de venir se paró en el espejo a practicar las palabras, para poder decirle daría todo lo que soy ahora por un poquito aunque sea de lo que fui con vos.
Antes de darse cuenta del tiempo que pasó lo ve apagar el cigarrillo contra el asfalto y ponerse en pie. Toma la mano que le tiende para ayudarla a levantarse, y caminan en silencio hasta la esquina, y la media cuadra hasta la puerta.

Hablar

Sentados sin mirarse, los dos pensando qué estará pensando él, qué estará pensando ella. A pesar de todo se conocen, se cruzan sin querer una mirada, saben que están pensando qué estarás pensando y se relajan un poco. A ella se le escapa una sonrisa. Como un festejo en su interior diciendo no cambió todo tanto, no todo, no tanto. Se le muere la piel de extrañar su contacto.
Él saca el atado, le ofrece un cigarrillo sin decir palabra, sólo acercándoselo. En el suelo están apoyados los fósforos, a sólo estirar el brazo. Así  ubicados en las reposeras, por mucho que se encojan, el balcón les queda chico e igual se rozan las rodillas. Cosa extraña, por única vez en ese balcón, en esa calle y en toda la ciudad, no sopla viento. Está todo quieto, se le antoja el ojo de un huracán, el silencio de él que va llenando el espacio.
No quiero que terminemos así. Desde el hola no han dicho palabra y ella dice, no quiero que terminemos así. No quiero cruzarte en la calle mañana y que tengas esa mirada. En serio. No puedo soportarlo. Si no la mira en este instante, seguramente enloquezca. Odia sentir que no la escuchan, cuando le cuesta tanto encontrar las palabras correctas. Pero él no aparta los ojos del afuera, la ciudad más allá de la barandilla.
Necesito que vengas a cenar mañana conmigo a casa. No le dije nada a mi vieja todavía. Ella lo mira, sin atinar a hablar. Por fin consigue entender lo que dijo. ¿Qué? pregunta, de todas formas. Piensa, ¿tardás tanto en responder sólo para ponerme más nerviosa? pero no lo dice porque tiene un nudo en la garganta, causado por la culpa, el miedo y la incomprensión.
¿Vas a venir? Sí, está bien. Y va a decirle algo más pero él tira el cigarrillo hacia afuera, se pone en pie y, antes de que pueda detenerlo, se oye el portazo. El departamento está, otra vez, vacío.
Como siempre desde que no estás, murmura para sí, con los ojos llenos de lágrimas.

Mentir

Tanto tiempo haciendo como si nada. Vos y yo, me alejé porque no quería ver que te gustaba. ¿Querés un poco? Le ofrece la botella, ella niega con la cabeza. Si hubiera mirado con atención, digo, si no hubiera cerrado los ojos, hace mil años; pasame fuego; hace mil años que me hubiera dado cuenta. Me engañó siempre. Siempre. Y yo la amé siempre.
Todos nos mentimos alguna vez, murmura ella, se hace un ovillo en el sillón. Él sigue desparramado en el  futón, con el vodka en una mano y el cigarrillo en la otra. Afuera, otra vez llueve. No se puede vivir sin mentir, la verdad es (casi siempre) demasiado cruel. Ella está hablando de otras cosas, claro, pero hablan de lo mismo. Del amor no correspondido. De lo mucho que les duele.
Tengo que dejar de fumar, ¿ves? En eso miento siempre. Vivo aplazando fechas límites para dejarlo. Ella casi se permite una sonrisa con ese comentario y dice a su vez; prometí que ya no iba a llorar por amor, y acá estoy. Brindo por eso, dice, y levanta la botella. Ella alza la taza de café. Entra un viento frío por la puerta entreabierta.
Tengo miedo. Farfulla, quizá por la vergüenza o por el alcohol. ¿Y si no dejo de quererla nunca? Mira afuera a la lluvia. Piensa que nunca más va a reírse de esas pelis dramáticas y aburridas en que los protagonistas pasan dos horas llorando y diciendo cursiladas. El toldo sólo cubre la mitad de la ventana y puede ver la frontera exacta entre el lado del mundo en que llueve y el lado en que no. Una sóla línea de agua. O dos. ¿Dos? Tengo que dejar de tomar, ¿no?
Sí, un poco. Un silencio cortito, de esos de sé que voy a decir una boludez pero quiero decirla igual. Hay uno, que dijo que nadie se muere de amor, ni por falta ni por sobra. Yo no le creo. Los poetas son todos mentirosos. Bécquer, ese hijo de puta meloso. Y Neruda también. Los cien sonetos de amor se los escribió a una y se acostaba con otra. ¿Sabés qué? Pasame el vodka.
Él se ríe de la rabia con que lo dice. Siempre fue una gran lectora, desde que eran pequeños, y le preparaba los resúmenes de los libros del colegio que él no leía. El prefiere la música de cualquier forma. Eu, prendé la compu y poné algo de música, ¿dale? 
La ve desaparecer por la puerta, oye el zumbido del gabinete, el bip bip. ¿Te llevaste la botella? Te la llevaste, forra. No tiene fuerzas para incorporarse, y nada asegura su equilibrio. Por las dudas, se queda en el sillón, viendo cómo el cuarto da vueltas despacio, como si cambiara la dirección de la calesita para no marearse. Acá, y allá, y acá.
Escucha la voz de Yorke, que no sabe modular y siempre parece que está agonizando. Perfecto, si con ésto no me suicido, es un milagro. O una suma de.
Y Thom canta probate a vos mismo, y la canción es más bien larga, pero termina y ni la chica ni el vodka aparecen. Hey, peque, ¿estás bien? Se obliga a ponerse en pie, a caminar hasta la puerta. La ve sentada en el borde de la cama, sin el saco ni las zapatillas, con la botella apoyada en los labios.
La luz azulada del monitor ilumina los ojos brillosos, las mejillas húmedas. Sin mirarlo, empina la botella. Toma con la ansiedad del que necesita -como él- no pensar. Él se acerca, y le saca la bebida con poca delicadeza. Estira un brazo para dejarla arriba del armario, fuera de su alcance, y se sienta a su lado. 
Ella tiene un cigarro recién encendido, él apaga el suyo contra el suelo. Dame una pitada, le pide, pita despacio, y apaga el cigarrillo de ella. Suena Creep, el tema más trillado, más adecuado. You're so fucking special. Hey, ¿qué hacés?
Nada. La besa despacio, Yorke canta y estoy jugando conmigo mismo, y a vos qué te importa. (Vamos a fingir, que a ella, a mí, a nosotros, que no nos importa, ¿dale?) Sobre la música, el sonido sordo de las zapatillas contra el suelo, el tintineo del cinturón, el susurro de las camisetas. Sin alarmas, sin sorpresas.

Quebrar

La puerta se cierra con el golpe de metal contra metal (no tengo motivos, ni derechos, digo, para sentir celos, no tengo justificación pero; piensa ella y apura el paso), él sigue inmóvil, mirando por donde acaba de irse. apretando demasiado la mano de su amiga, de su lo que sea, de quien sea.
Y ella que tampoco atina a decir palabra o moverse o respirar; formando en su cabeza la relación imposible pero cierta del teléfono sonando, la puerta al abrirse, él, ella, ¿lo pensó así? No puede, por más que lo intente, darle sentido a lo que no lo tiene.
Se le llenan los ojos de lágrimas. Le laten las sienes. ¿Y si voy a buscarla? No tiene caso, ya no tiene caso. Suelta su mano con brusquedad, enciende un cigarrillo y le tiemblan las manos, deja caer el encendedor al suelo y se pone en pie con equilibrio dudoso. Evita mirarla, siente el humo que le quema al pitar demasiado hondo.
Hay personas frías, siempre un poco ajenas, cerradas al mundo; esas que solo se muestran en momentos de fisura. Entonces parece que se desarmaran enteras, dejan salir todo lo contenido, se les rasga la piel y se derrumban. A ese extremo, con esa claridad ve ella la forma en que él se quiebra. El filtro aplastado entre los dedos, las lágrimas bajando por la mandíbula tensa, una destrucción derramándose de cada poro.
Reacción instintiva del que sabe ser amigo: se pone en pie, se acerca a él con cautela, le roza el brazo. Hey. Él mira el piso, respira agitado, aprieta los puños. Lo abraza con cuidado, como si fuera a romperse -a romperla- al contacto, tranquilo, vas a estar bien.
No voy a estar bien ¿sabés? tiene la voz un poco ronca, vacilante. Ella apoya la frente en su pecho -es él muy alto o ella muy bajita-, siente la sacudida de un sollozo. No voy a estar nunca bien, no va a estar nada, nunca bien, repite, como si quisiera gritar pero murmurando.
La aparta con una mano, como aguantándose para no empujarla con brusquedad, despacio, y regresa junto a la pared, se sienta y esconde la cara entre las rodillas. El cigarro se consume entre sus dedos, ella se sienta a su lado. Lo último que tenés que hacer, cuando alguien se está quebrando, es dejarlo solo.
Aguarda un segundo, un minuto, quizá una hora escuchando el sollozo contenido, la forma en que el aire se le ahoga en la garganta, y las costillas que parece que con cada estertor (¿esa es la palabra correcta? no recuerda muy bien el significado pero se le antoja dolor enorme, quizá no sea la más adecuada pero sí se parece un poquito, ¿no?) chocaran entre sí. El peor silencio: el de la calle afuera, alguien que pone música en la casa contigua, el mundo respirando y él, derrumbándose.
No puede estar bien, nada. No puede sin ella. Es todo ¿entendés? ¿Cómo pudo? Y yo que sigo queriéndola, siempre voy a quererla. No puedo no quererla. Fue la primera, la última. Le di todo, tiene todo lo que es mío. Confianza, esperanza, fidelidad, amor, secretos, proyectos, oportunidades, sinceridad, futuro. Todo tiene, dice, apenas levantando la cabeza para que la voz no quede atrapada en el hueco ente su torso y sus piernas. Y otra vez se le cierra el pecho, y calla.
No debería perdonarla, ¿no? Agrega, casi una eternidad después. Pero, ¿cómo no perdonarla? Lo intenté, te juro. Ella no dice nada, sólo enciende otro cigarrillo y escucha. Quise no perdonarla, quererla un poco menos, desconfiarle, quise querer no quererla. No puedo. No puedo.

Venganza

En el patio hay un toldo, puesto desde la puerta corredera del dormitorio al tapial, que mantiene la mitad de las baldozas a cubierto. La D es su puerta, la última del pasillo. 
Se apresuran los dos por el corredor demasiado estrecho, ella diciendo por qué nadie puso un reparo en éste pasillo. Todos se quejan de eso la primera vez que tienen que cruzarlo con la ducha encima. La llave se traba en la cerradura, él suelta un insulto entre dientes. Al fin se abre, y los recibe el improvisado techo de lona.
Dejan la puerta sin llave. Hace frío pero no se molestan en entrar, están empapados. Se sientan contra la pared de la cocina, de frente a la lluvia que no se digna amainar. Ella nota que alguna gota apagó su cigarro, lo tira en la rejilla del piso. Él acomoda la bolsa en el suelo, y saca en orden, tres atados de cigarros y una botella de vodka. Ignora su mirada de sorpresa, con la voz ronca masculla no tengo fuego, abre un atado y le ofrece un cigarro. Ella lo acepta en silencio, y le tiende el encendedor. 
Me dijo el Negro, dice. ¿Qué te dijo? Se hace el desentendido, no quiere pensar en ello. Si extiende las piernas, la lluvia le moja los tobillos. Que se pelearon, que ella 
Sí, ya sé. No lo digas. ¿Estás borracho? Sólo un poco, no hablemos de eso. Le esquiva la mirada y pita el cigarrillo, siente la mano de ella sobre la suya. Hey, mirame. Pero se niega a verla, se esfuerza en distinguir los ladrillos a través de la lluvia, exhala un hilo de humo vacilante.
Ella sostiene el cigarro con los labios mientras se quita la capucha mojada, da una pitada, guarda silencio. Mira con desaprobación la botella sin abrir, estira las piernas. A ella, la lluvia ni le roza las puntas de los dedos de los pies. El viento intermitente arrastra sólo un par de gotas hasta sus zapatillas.
El agua cae con fuerza sobre las baldosas grises un segundo sí, después, en menos de un minuto, se aplaca y se convierte en una llovizna silenciosa. Él le rodea la manita con la suya, como para sentir más fuerte ese contacto que dice acá estoy no diciendo nada.
Se escucha el celular adentro. ¿No lo había apagado? piensa él, reconoce el tono de llamada. Ella no sabe que ciertas personas tienen un tono distinto. Suena Smile like you mean it por unos segundos y se apaga, sin que ninguno de los dos amague moverse.
Incluso ebrio, insomne, destrozado, siente los pasos por el pasillo y el picaporte casi imperceptible girando despacio. Aprieta su mano, gira la cabeza para mirarla y le plata un beso en la boca.
La boca le hiede a tabaco y alcohol, y será que ella lo esperaba o sólo lo quería como a nada, desde siempre, que cierra los ojos -esa costumbre incomprensible de todo el mundo de juntar los párpados al separar los labios y no ve la puerta que se abre y una figura que se asoma dubitativa. 
¿Est...? Ella se aleja al oír la voz, la ve detenida en el vano, con la mirada teñida de sorpresa, dolida. Sí, estás, la oye murmurar, con un nudo en la garganta. 
(Y él, con sabor a tabaco, alcohol y esa cosa dulzona que dicen que es la venganza; que no puede enfocar bien y no encuentra consuelo en lastimarla.)

Húmedo


Lleva las últimas no sabe muy bien cuántas horas sentado en el sillón, frente a la ventana, viendo llover. Apaga el cigarrillo en la taza de café frío sobre el apoya brazos, ¿cuánto tiempo hace que llueve? Hace dos días que habló con ella, que se desmayó en la entrada de la uni, que tuvo que comerse una hora sentado en el pasillo porque el Negro no quería que se fuera en la moto si no se sentía mejor. Dos días que llegó a casa, llamó a su compañera para que le dijera al dueño del local que estaba enfermo, apagó el celular y, sin prender las luces, se tiró en la cama a fumar y mirar el techo.
Y de esos dos días llevo uno y medio ebrio, soy patético. Mira la botella vacía de vodka, el frasco del café que lleva ya varias horas diciéndole que tiene que ir hasta el almacén. ¿Me queda un sólo cigarro? 
Llueve a cántaros. ¿De dónde surge la expresión esa? Ah, es como baldazos. No puede ser que no tenga otro atado por acá, ayer tenía cuatro en la mesa de luz. 
No hay ni una colilla en toda la casa. Resignado, busca su billetera, se calza las zapatillas y un piloto. Hace frío como para andar en remera y bermudas ¿cuándo me cambié el jean por ésto? pero de todas formas sale al patio, se acomoda la capucha y abre la puerta del pasillo.
Son dos calles en que el golpeteo de la lluvia sobre la coronilla parece tortura de película. Seguro es por el agua que le empaña los ojos que le cuesta tanto enfocar, ¿no? Y dónde estará ella (seguramente en alguna clase aburrida, a unas cuantas cuadras bajo esa cortina helada), y ¿estará pensando en mí?
Ey, pibe, ¿estás bien? El almacenero es un gordo simpático al que llaman el Turco, y mira con preocupación los ojos rojizos e hinchados del muchacho, la ojeras profundas, la mirada desenfocada. Sí, estoy bien Turco. ¿Qué te doy?
Tres Marlboro box, un paquete de café de filtro... Sí, dame cualquiera, da lo mismo. El Ruso se estira para bajar un paquete, él consigue leer las etiquetas de las botellas. ¿Desde cuándo vendés Smirnoff? Sí, dame una botella. ¿A ésta hora, nene? De pronto él se da cuenta que, a pesar del cielo encapotado y la oscuridad reinante en la calle, apenas es mediodía. Sí, dale. ¿No llevás algo de comida? No, dejá. ¿Cuánto?
Te quedo debiendo cinco, mañana te los traigo, promete. Sale con el tintineo del llamador de ángeles de la puerta sonando encima de su cabeza, y ahora la lluvia ha cedido un poco. Pero la llovizna le hace cosquillas en las pantorrillas desnudas y se ha olvidado el encendedor en casa, no puede prenderse un pucho.
Apenas le faltan diez metros para llegar y nota, en la entrada del pasillo, una figura conocida. Hombros pequeños, saco negro, el cabello oscuro y mojado pegado a la cara. Entre los labios un cigarrillo con el papel húmedo, los brazos cruzados y un pie marcando el ritmo impaciente de los segundos.
¿Qué hacés acá? Pregunta él. Adiviná, responde ella.

Calor

¿Te perdono? ¿La perdona? ¿Por qué? ¿Por qué dijo eso? ¿Por qué dije eso? ¿Dónde mierda dejé la moto? Por fin se acuerda, retrocede un par de cuadras, enciende otro cigarro con compulsión nerviosa, busca entre la hilera la suya. Desencadena en casco de la rueda, guarda la cadena en su mochila. Odia el centro al mediodía, la cantidad de gente, el sol que da de lleno y no hay reparo. Odia esperar una eternidad para poder arrancar, el tráfico, ir haciendo eses entre los autos, no poder ir fumando tranquilamente por tener que concentrarse en que no lo atropellen. En el semáforo tira el cigarrillo y se acomoda el casco.
No puede parar la cabeza. No puede. Van a atropellarlo de todas formas, porque su cerebro está muy lejos de Sarmiento al doscientos y le tiembla el cuerpo de rabia. ¿Contra ella? No, contra sí mismo. Todo en su cabeza son preguntas que no quiere responder. 
Siente la espalda pegajosa de transpiración, pero recién hacía frío. Está seguro de que recién hacía frío, no más de diez grados. El viento se le cuela por el cuello abierto de la chaqueta, pero él siente calor. Calor y las manos le tiemblan, ¿por qué tiritando? Dobla en Zelarrayán, piensa en si tiene los apuntes consigo. No quiere ir a la universidad, no quiere ir a ningún lado. Hace demasiado calor, aunque el sol ese de invierno medio opaco normalmente no calienta nada, pero ahora dan ganas de seguir derecho por Alem hasta la ruta e ir lo más rápido posible, para que el viento lo refresque aunque sea un poco.
Casi sin darse cuenta estaciona, se baja, otra vez ata el casco. Se acomoda la mochila, da media vuelta y se dirige hacia la entrada. Demasiado calor, quizá dentro esté prendida la ventilación, o tomar algo de agua. Siente los puños rígidos, los músculos de todo el cuerpo demasiado tensos, ese temblor que no controla. Las cosas se tornan un segundo borrosas y otra vez piensa ¿por qué le dije eso? ¿por qué perdonarla? Va a sacar un cigarrillo antes de entrar, y de pronto las cosas se tornan negras.

Mordaza

Toda la noche diciendo y si cancelo, y si le digo, y no necesito verla, y quizá si mañana no tuviera olor a ese perfume y ¿de dónde conozco ese perfume? Toda la noche un cigarrillo tras otro, el cenicero apoyado en la mesa de luz y el humo ondulándose en el techo. Decirle, ¿cómo decirle? Toda la noche y un café de madrugada, y la mañana en la facultad entre voces como ahogadas y los profesores que hablan con ese tono monótono y uno lo único que quiere es escaparse y dormir. Toda la mañana dormitando con los ojos fijos en el frente del aula hasta asquearse, y las calles del centro dando vueltas impacientes hasta dar el mediodía y encontrarla a ella.
Besos que son apenas un roce de niños jugando con la botella. 
Siempre se sientan en la misma mesa de la vereda, hoy no es la excepción. Hace frío, ella enciende un cigarrillo, él la imita. ¿Qué van a pedir? Dos lattes, negros, con mucha canela. El silencio incómodo mientras los esperan. Entre ellos nunca hubo silencios incómodos, sólo silencios, y ahora él se siente como amordazado y la mira y parece que tuviera un nudo en la garganta. 
Piensa que se enamoró de ella porque nunca creaba silencios incómodos. Porque sonreía y hacía de cualquier lugar el mejor lugar para estar. Y cuando hablaba podía convencerte de cualquier cosa, sin dudar un segundo ni dejar de mirarte a los ojos. Por la sonrisa y esa forma de pitar el cigarro, con desmañada naturalidad, y mirar a la calle. Como ahora mismo, pero no, porque ahora cada movimiento que hace tiene un sabor extraño, a distancia a...
¿No vas a decir nada? Dice, lo mira, tiene culpa en los ojos. ¿A decir qué? El Negro me dijo que le dijiste, digo, ya lo sabés. ¿Le dije? ¿Qué le dije? Lo piensa un instante. Estaba tan ebrio. Encendió un cigarrillo y sentía los ojos aguados y ¿les dijo? No puede ser. 
No me acuerdo. Pero sí, supongo. Es como que cuesta soltar las palabras, como si todo debiera decirse con filtro. No quiere perderla, y sabe que cualquier cosa que diga será... Perdón. Se acerca la chica con la bandeja y un silencio, otro silencio. Deja los cafés, la cuenta.
¿Cuándo te diste cuenta? Si fuera cualquier otra persona querría pegarle pero es él y sólo baja la mirada, pita el cigarro, y le responde en voz baja. Cuando salimos con tu amiga. O capáz antes, esa vez que fuimos a cenar con tus viejos, y estaba ella; pero no era tan obvio y no quise verlo. Y todas tus salidas y tus amigas de la uni...
No, sólo es ella. Desde siempre. Perdoname. Me di cuenta de cuánto la quería cuando me di cuenta de cuánto te quería a vos. Nunca estaría con alguien sólo por engañarte, te amo, ¿entendés? No podría, yo...
Un sorbo del latte, está caliente pero la espuma fría. Ella está llorando en silencio, con la cara escondida entre las manos, y capáz ésta vez debieran haberse sentado en una mesa adentro, las del fondo, ¿pero entonces cómo calmar el temblor de las manos si no es con un cigarrillo y desviar la mirada a la calle?
No sabe qué es lo que le duele pero le duele. Y si saber que aún lo ama o que ama a alguien más y de todas formas, ¿qué es peor engaño? ¿Querer a otro, a otra; o no querer a nadie o estar con alguien a quien no se quiere? 
Te perdono masculla, saca del bolsillo un billete de veinte, lo deja junto al latte enfriándose y junto a ella que se limpia las lágrimas con el puño del pulover y lo mira doblar la esquina con los hombros caídos y un hueco en el pecho. 

Necesidad

El día se hace eterno tras el mostrador. Minuto sí, minuto también saca el celular y mira la pantalla. No hay llamadas, mensajes. Ni una mínima señal de vida. Se ha pasado las últimas veintitantas horas sacando fuerza de dónde no tiene para no escribirle, no exigirle nada. Se muere por decirle te amo, llamarla y pedirle verse, contarle sus miedos, reclamarle el dolor que siente dentro, rogarle que no se vaya. ¿Y eso? ¿Quién dice que va a marcharse? A dónde, con quién. ¿Y si tanto temor es injustif
¡Eu! El teléfono está sonando, boludo. El teléfono del local suena como un grupo de nenes histéricos jugando al ring raje, él se obliga a atender y dejar de rezar porque sea ella (después de todo, ella nunca le llama al local). Suelta su discursito de buenas tardes, ¿qué desea?, y el nombre del local dicho con tono de me apasiona vender ropa a adolescentes acomplejadas, y sobre todo tratar con los proveedores simpáticos y agradables como usted.
No, que el pedido llega mañana recién, pero no sabemos a qué hora. Nos habían dicho hoy, ésto lo tiene que hablar con el dueño. Y bueno, pero no se puede hacer nada. Espéreme que llamo a Raúl, justo está acá. Sí, para vos, los comisionistas. Che, Claru, me duele un toque la cabeza ¿me cubrís diez minutos que voy a la farmacia?
Es un alivio salir a la calle, el viento fresco de la tarde nublada, encender un cigarrillo, pitar hondo. Por fin dejan de temblarle las manos, otra pitada, se sienta en la escalinata de un edificio y esconde el rostro entre las manos. Tiene que controlar la necesidad. Se siente como un drogadicto en etapa de abstinencia. 
Te extraño, gorda. ¿Podemos vernos mañana? Agrega el destinatario y presiona enviar. Otra vez se dejó llevar por el impulso. 

Dolor

Justo el instante en que se da cuenta de que está despierto pero se niega a despertar. Aprieta los párpados lo más que puede y siente el latido en las sienes. Quizá, si evita que la luz se cuele en su cerebro adolorido, pueda volver a dormir y no despertar hasta saber que no va a tener resaca. O no despertarse. Ese es un buen plan. No despertarse nunca, no volver a pensar más que las imágenes borrosas de los sueños. 
De pronto se le ocurre que cómo llegó a su casa. Estaba demasiado ebrio para manejar, ¿o no? Forro, despertate. Sí, estaba demasiado... ¿Cuál es la palabra? Se obliga a entreabrir los ojos. Apenas un poco, para adivinar la silueta del Negro contra la ventana, ya vestido. Tengo que irme a laburar, gil. El mínimo esfuerzo de sentarse hace que crujan desde los músculos de los pies a las conexiones de las neuronas.
Hacé una cosa, salí y rogá que alguien te abra la puerta de la calle porque llego re tarde. Ya se oye el picaporte. Si querés hay algo para la resaca en el baño. La puerta se cierra. De pronto, todo es silencio. Sólo un segundo y el zumbido de la heladera. Gente en el pasillo. Autos en la calle, al final del corredor. Gotas contra el techo, llueve. Una multitud de ruidos y ruiditos golpeando sus tímpanos.
Está bien, está bien. Se pone en pie, todavía sin conseguir ver claro. El mundo da vueltas y hay alguien apretándole el cráneo. Parpadea hasta que la claridad deja de lastimarle la vista. ¿Cuánto tomó? Recuerda encender el cigarrillo, el Negro rodeándole los hombros con un brazo y sentir los ojos húmedos. ¿Cuánto habló?
Está vestido pero la ropa da asco de tan arrugada y si el estómago sigue dándole tumbos así, pronto va a tener unas enormes manchas con olor a alcohol sin digerir. Se tambalea hasta la cocina. ¿Sus cigarrillos? Duda que sean esos, pero sirve. Son Camel, de Fran. Lo enciende con pulso débil y un fósforo que le chamusca los dedos.
Quiere recordar qué pasó anoche. Se le forman imágenes en la cabeza. Un dolor sordo en el pecho. La fotografía cerebral del comedor visto desde el sillón, de los chicos sentados en silencio sobre la mesa de patas vacilantes, del vaso vacío en su mano. De las caras de no sé qué hacer ahora de sus amigos borroneadas por las lágrimas. Es raro ver a un flaco como él llorar. Totalmente ebrio y escupiendo el dolor de adentro y llorando.
Una pitada y se apura al baño a vaciar la vejiga. No, no recuerda nada de anoche. Sólo el dolor de cabeza y la quemazón del alcohol en la garganta.

Medicina

Lo obligaron a venir pero no se siente de ánimo. Los chicos pusieron la radio a todo volumen, y están encima de la mesa imitando a las propagandas. Pasan un balde con algo azul y ríen a los gritos. Flashback, los clásicos de tu radio. Ponen cara de expectación. Él, desparramado en una silla con la botella a su lado y la mirada perdida, no les presta atención.
Estoy perdido porque el mundo me hizo así, desafinan. La mesa amenaza con romperse bajo el peso de los tres, siente que la canción se mete en su cerebro y estruja las neuronas. Despacito, y sólo esas que se conectan entre sí formando emociones, no las neuronas que dicen dos mas dos son cuatro o sirven para recordar poemas. Soy el remedio sin receta y tu amor mi enfermedad, una botella se rompe contra el suelo y la mesa cruje. Se lleva el pico a los labios y bebe. Últimamente está bebiendo mucho, ya es el segundo fin de semana que se pasa con un trago en la mano.
¿Qué hacés ahí mamándote sólo como loco malo, gil? Lo obligan a ponerse en pie, quizá sea el alcohol que distorsiona las cosas pero la parece que las patas de la mesa están torcidas. ¡Hijo de puta, vos tenías el fernet! Mirá el pedo que tiene, no puede pararse solo. No, no, estoy bien.
Lo arrastran al patio, el frío ataca su cuerpo apenas protegido por jeans y una camiseta, le hace subir escalofríos por la columna, lo espabila un poco. Es el mismo frío que tiene adentro de la piel pero ahora afuera. Saca un cigarrillo. Le cuesta sostenerlo con los labios, le cuesta mantenerse en pie. Se apoya en la pared más cercana, hace ese frío quieto de la madrugada.
¿Qué te pasa? Nada, me parece que tomé un poco de más. ¿Un poco? Un empujón, un golpe cariñoso. La forma de consuelo de los chicos. Saben que no está bien, quizá por los ojos llorosos y el silencio denso al pitar el cigarrillo, pero se limitan a cambiar de conversación y cantar con la radio. El alcohol y los amigos son la mejor medicina al mal de amor.

Vergüenza

Quizá fue sólo un desliz, algo, por probar solamente, y no cambió nada. Se detiene en el semáforo. La ama, la ama con locura. Podría perdonarle un sólo desliz, un error. ¿Cómo no perdonárselo? Acelera, dobla a la derecha. Sólo hace una semana que no puede verla más que unos minutos y ya la extraña. Siempre uno de los dos tiene que irse al trabajo o a la universidad y son besos fugaces y conversaciones que no aclaran nada. Estaciona, se saca el casco.
Quizá fue sólo... Ella lo está esperando en la vereda, y la línea de pensamientos se diluye, se borra totalmente. Lo recibe con un beso, no en la comisura de los labios, no con sabor a boca ajena. Un beso que es todo ella y le hace olvidar hasta la última duda.
Suben, las llaves tintinean al caer sobre el sillón, la chaqueta se abandona en la mesa ratona. Comen entre risas livianas, hablan de la semana, en la conversación no hay ni una sombra. Ella le dice que lo ama. Le sirve una copa de vino, otra. Quedate ésta noche, mañana no curso hasta la tarde.
Fuman un cigarrillo en el balcón, apoyados en la barandilla. La avenida titila allá abajo y él pierde los miedos. Borra con una boconada de humo la mano de esa chica en el bar, rozando su espalda o sus piernas. La besa con besos posesivos. Tropiezan hasta la cama.
En el instante mismo en que su nuca toca la almohada, siente como el aroma se desprende con violencia de las sábanas. A sudor, a sexo, a perfume floral y chicle de menta. Olor que no es ella y que sabe bien que no es él. Olor a noches que seguro no se malgastaron estudiando.
Debería sentir odio, rencor. Algo. Traición. Le duele pero siente vergüenza. Quiere ser alguna silueta de curvas suaves, de piernas sedosas, de shampoo de frutilla. Quiere ser cualquiera de ellas, la amiga del bar o una compañera de estudios que no se quedó a dormir. 
Quiere ser cualquier cosa que ella pueda amar. No él. Quiere decir algo, quiere decirle perdón por no ser lo que querés, pero sólo sale un balbuceo de sus labios y el movimiento automático de acariciar su cabello.
¿Estás bien? No, estoy mareado, tomé mucho vino. Me siento mal. Ni él oye sus excusas. Se da cuenta de que no puede manejar de regreso. Quedate, corazón, está bien. 
Ella respira al compás de los sueños y el insomnio huele a perfume de mujer. 

Sumisión

Entrar a casa siempre es una tortura. Sigue diciendo a casa, sigue teniendo las llaves, sigue conociendo la ubicación de las cosas en la cocina pero ya no pertenece allí. Se siente un extraño. Quizá por los saludos demasiado efusivos, saludos de alguien que no vive con vos. Mi nene, qué flaco que estás, ¿no te cocinás nada? Vení, ayudame con la mesa, tu padre duerme.
El olor de la carne en el horno y el tintineo de cubiertos contra la ensaladera. Papá está durmiendo, la sensación de ser ajeno se alivia un poco. No va a levantarse, está un poco enfermo. El cigarrillo, nene. La mirada de reproche al atado que asoma de su bolsillo y él, con la misma vergüenza que un adolescente, aparta la mirada y acomoda los dos platos. 
La mejor cocinera del mundo. Ay, que me sonrojo. ¿Y tu novia? Le voy a tener que pasar recetas. Un segundo de silencio, de esos que las madres saben interpretar a la perfección. Bien, estudiando, es una carrera complicada, sabés. Sí, sé. ¿Querés otro plato? Estás flaco. ¿Y la facu?
La conversación pasa como un programa de radio a bajo volumen. Su cerebro está en otra parte. Se sirve un vaso de agua, un bocado de carne, ensalada, responde a las preguntas. Recuerda. Era pequeño y no entendía, las llegadas tarde de papá y los ojos llorosos de mamá.
No entendía las discusiones en voz baja que se acallaban cuando él hacía acto de presencia. No entendía. Cuando comenzó a entender le dio asco. ¿Como podía? ¿Cómo podía él hacer eso, ella aceptarlo?
Se va poniendo en pie, la ayuda a juntar la mesa. Riquísima la comida, má, pero tengo que ir a laburar. Uno de éstos días vuelvo a pasar. Va a venir tu hermana, acordate. Seguro trae al novio nuevo, podrías venir con la flaca. Momento de obvia incomodidad, mueca en los labios, responde a desgana. Claro, nos vemos. Te quiero. 
En cuanto pisa la calle enciende un cigarrillo, con la misma repulsión que sentía en su adolescencia hacia esa situación lo dice para sus adentros. Cobardía, sumisión. Das lástima, das asco.

Límite


El vaso tiembla en su mano. Una gota se acerca al borde. No puede ser que sólo él lo vea. La mano demasiado abajo en la curva de la espalda. La risa cómplice, su risa, la que le prometió sólo a él, sonando casi contra la boca de otro. De otra. Todos bailan alrededor como si tal cosa, como si el coqueteo no fuera dolorosamente obvio. 

Es sólo una amiga. Vamos a bailar un poco, así no te obligo a vos, total no te gusta. Pero están demasiado cerca. Es sólo una amiga pero. Demasiado. La conoce. La conoce hace una eternidad y sabe la forma exacta en que sonríe cuando está excitada, cuando dice una perversión cualquiera en el oído. Es suya, ¿cómo no va a conocerla? Le conoce la forma en que alza una ceja y la forma de moverse como desparramando su perfume.

Corazón, ¿me pedís una cerveza mientras nosotras vamos al baño? Las ve marcharse, el líquido en su vaso va a desperdiciarse. Las ve cruzar el bar, inivisibilizando a la gente alrededor, caminando a una distancia mínima. Las ve entrar al baño y una mano acariciando como si tal cosa el muslo perfecto de su novia. La puerta se cierra. Por las dudas, antes de que la histeria derrame el trago, se lo bebe. Siente el alcohol bajando por su garganta, la cabeza que por un momento le da vueltas. Le hace señas al barman, una birra. Juguetea con el vaso vacío, observa al muchacho servir los tragos, le paga. 
Pasan los minutos, da un sorbo distraído, mira con nerviosismo a la puerta del baño. Apoya la cerveza sobre la barra un poco húmeda, oye por sobre el ruido la puerta del baño abrirse. No es ella, y el movimiento brusco ha derramado el vaso. Disculpame; no, no hay drama; no, en serio, disculpame. Sale al pequeño patio, enciende un cigarrillo y pita, hondo, y deja escapar el humo junto a un montón de palabras en voz baja, de silencios acumulados.
El cigarrillo se le termina, no se muere si enciende otro. No quiere fijarse si ha vuelto. No quiere tener que enfrentarla. Debería, debería decir algo. No soy tan ingenuo, es lo único que atina a formular su cerebro. ¿Pensás que no es obvio? Es casi grosero. Se le ocurren insultos, increpaciones. Reclamos. Por todas las noches en que él no pudo dormir con ella porque su lugar en la cama estaba ocupado por su amiga tal o su amiga cual. Sí, se queda a estudiar, tenemos un final, mañana venís. 
Mi amor, el barman me dijo que estabas acá. ¿Qué pasa? Se la ve tan inocente. Pero. Los labios rojos, hinchados. Enciende un cigarrillo. ¿Estás bien? Sí, estoy bien. Andá con tu amiga, debe aburrirse. ¿Seguro? Sí, seguro, estoy bien.
Los besos tienen sabor a chicle de menta, pero ella no come chicles de menta y tienen el gusto de una mujer que no es ella. Quiere decirle. Hay límites. No puedo compartirte, no puedo. Quiero que seas mía, que me sonrías así sólo a mí. Pita despacio. Se apoya en el marco de la puerta, la observa mientras baila, el cuello marcado de mordidas de su amiga. De su amiga. Lo piensa con comillas aéreas y una mueca de desprecio. Con celos, con envidia pura.
¿Me das un fernet?