Mordaza

Toda la noche diciendo y si cancelo, y si le digo, y no necesito verla, y quizá si mañana no tuviera olor a ese perfume y ¿de dónde conozco ese perfume? Toda la noche un cigarrillo tras otro, el cenicero apoyado en la mesa de luz y el humo ondulándose en el techo. Decirle, ¿cómo decirle? Toda la noche y un café de madrugada, y la mañana en la facultad entre voces como ahogadas y los profesores que hablan con ese tono monótono y uno lo único que quiere es escaparse y dormir. Toda la mañana dormitando con los ojos fijos en el frente del aula hasta asquearse, y las calles del centro dando vueltas impacientes hasta dar el mediodía y encontrarla a ella.
Besos que son apenas un roce de niños jugando con la botella. 
Siempre se sientan en la misma mesa de la vereda, hoy no es la excepción. Hace frío, ella enciende un cigarrillo, él la imita. ¿Qué van a pedir? Dos lattes, negros, con mucha canela. El silencio incómodo mientras los esperan. Entre ellos nunca hubo silencios incómodos, sólo silencios, y ahora él se siente como amordazado y la mira y parece que tuviera un nudo en la garganta. 
Piensa que se enamoró de ella porque nunca creaba silencios incómodos. Porque sonreía y hacía de cualquier lugar el mejor lugar para estar. Y cuando hablaba podía convencerte de cualquier cosa, sin dudar un segundo ni dejar de mirarte a los ojos. Por la sonrisa y esa forma de pitar el cigarro, con desmañada naturalidad, y mirar a la calle. Como ahora mismo, pero no, porque ahora cada movimiento que hace tiene un sabor extraño, a distancia a...
¿No vas a decir nada? Dice, lo mira, tiene culpa en los ojos. ¿A decir qué? El Negro me dijo que le dijiste, digo, ya lo sabés. ¿Le dije? ¿Qué le dije? Lo piensa un instante. Estaba tan ebrio. Encendió un cigarrillo y sentía los ojos aguados y ¿les dijo? No puede ser. 
No me acuerdo. Pero sí, supongo. Es como que cuesta soltar las palabras, como si todo debiera decirse con filtro. No quiere perderla, y sabe que cualquier cosa que diga será... Perdón. Se acerca la chica con la bandeja y un silencio, otro silencio. Deja los cafés, la cuenta.
¿Cuándo te diste cuenta? Si fuera cualquier otra persona querría pegarle pero es él y sólo baja la mirada, pita el cigarro, y le responde en voz baja. Cuando salimos con tu amiga. O capáz antes, esa vez que fuimos a cenar con tus viejos, y estaba ella; pero no era tan obvio y no quise verlo. Y todas tus salidas y tus amigas de la uni...
No, sólo es ella. Desde siempre. Perdoname. Me di cuenta de cuánto la quería cuando me di cuenta de cuánto te quería a vos. Nunca estaría con alguien sólo por engañarte, te amo, ¿entendés? No podría, yo...
Un sorbo del latte, está caliente pero la espuma fría. Ella está llorando en silencio, con la cara escondida entre las manos, y capáz ésta vez debieran haberse sentado en una mesa adentro, las del fondo, ¿pero entonces cómo calmar el temblor de las manos si no es con un cigarrillo y desviar la mirada a la calle?
No sabe qué es lo que le duele pero le duele. Y si saber que aún lo ama o que ama a alguien más y de todas formas, ¿qué es peor engaño? ¿Querer a otro, a otra; o no querer a nadie o estar con alguien a quien no se quiere? 
Te perdono masculla, saca del bolsillo un billete de veinte, lo deja junto al latte enfriándose y junto a ella que se limpia las lágrimas con el puño del pulover y lo mira doblar la esquina con los hombros caídos y un hueco en el pecho. 

2 comentarios:

Lau dijo...

Que me incomoda, que me inquieta, siempre me sobremeto en las cosas que leo y las siento muy real.
Felicidades Andre, lo hacés de diez.

joya dijo...

Me encantó. Exijo la continuación.