Necesidad

El día se hace eterno tras el mostrador. Minuto sí, minuto también saca el celular y mira la pantalla. No hay llamadas, mensajes. Ni una mínima señal de vida. Se ha pasado las últimas veintitantas horas sacando fuerza de dónde no tiene para no escribirle, no exigirle nada. Se muere por decirle te amo, llamarla y pedirle verse, contarle sus miedos, reclamarle el dolor que siente dentro, rogarle que no se vaya. ¿Y eso? ¿Quién dice que va a marcharse? A dónde, con quién. ¿Y si tanto temor es injustif
¡Eu! El teléfono está sonando, boludo. El teléfono del local suena como un grupo de nenes histéricos jugando al ring raje, él se obliga a atender y dejar de rezar porque sea ella (después de todo, ella nunca le llama al local). Suelta su discursito de buenas tardes, ¿qué desea?, y el nombre del local dicho con tono de me apasiona vender ropa a adolescentes acomplejadas, y sobre todo tratar con los proveedores simpáticos y agradables como usted.
No, que el pedido llega mañana recién, pero no sabemos a qué hora. Nos habían dicho hoy, ésto lo tiene que hablar con el dueño. Y bueno, pero no se puede hacer nada. Espéreme que llamo a Raúl, justo está acá. Sí, para vos, los comisionistas. Che, Claru, me duele un toque la cabeza ¿me cubrís diez minutos que voy a la farmacia?
Es un alivio salir a la calle, el viento fresco de la tarde nublada, encender un cigarrillo, pitar hondo. Por fin dejan de temblarle las manos, otra pitada, se sienta en la escalinata de un edificio y esconde el rostro entre las manos. Tiene que controlar la necesidad. Se siente como un drogadicto en etapa de abstinencia. 
Te extraño, gorda. ¿Podemos vernos mañana? Agrega el destinatario y presiona enviar. Otra vez se dejó llevar por el impulso.