Sumisión

Entrar a casa siempre es una tortura. Sigue diciendo a casa, sigue teniendo las llaves, sigue conociendo la ubicación de las cosas en la cocina pero ya no pertenece allí. Se siente un extraño. Quizá por los saludos demasiado efusivos, saludos de alguien que no vive con vos. Mi nene, qué flaco que estás, ¿no te cocinás nada? Vení, ayudame con la mesa, tu padre duerme.
El olor de la carne en el horno y el tintineo de cubiertos contra la ensaladera. Papá está durmiendo, la sensación de ser ajeno se alivia un poco. No va a levantarse, está un poco enfermo. El cigarrillo, nene. La mirada de reproche al atado que asoma de su bolsillo y él, con la misma vergüenza que un adolescente, aparta la mirada y acomoda los dos platos. 
La mejor cocinera del mundo. Ay, que me sonrojo. ¿Y tu novia? Le voy a tener que pasar recetas. Un segundo de silencio, de esos que las madres saben interpretar a la perfección. Bien, estudiando, es una carrera complicada, sabés. Sí, sé. ¿Querés otro plato? Estás flaco. ¿Y la facu?
La conversación pasa como un programa de radio a bajo volumen. Su cerebro está en otra parte. Se sirve un vaso de agua, un bocado de carne, ensalada, responde a las preguntas. Recuerda. Era pequeño y no entendía, las llegadas tarde de papá y los ojos llorosos de mamá.
No entendía las discusiones en voz baja que se acallaban cuando él hacía acto de presencia. No entendía. Cuando comenzó a entender le dio asco. ¿Como podía? ¿Cómo podía él hacer eso, ella aceptarlo?
Se va poniendo en pie, la ayuda a juntar la mesa. Riquísima la comida, má, pero tengo que ir a laburar. Uno de éstos días vuelvo a pasar. Va a venir tu hermana, acordate. Seguro trae al novio nuevo, podrías venir con la flaca. Momento de obvia incomodidad, mueca en los labios, responde a desgana. Claro, nos vemos. Te quiero. 
En cuanto pisa la calle enciende un cigarrillo, con la misma repulsión que sentía en su adolescencia hacia esa situación lo dice para sus adentros. Cobardía, sumisión. Das lástima, das asco.

1 comentario:

Lolo. dijo...

El cigarrillo, nene. La mirada de reproche al atado que asoma de su bolsillo y él, con la misma vergüenza que un adolescente, aparta la mirada y acomoda los dos platos. ♥