Húmedo


Lleva las últimas no sabe muy bien cuántas horas sentado en el sillón, frente a la ventana, viendo llover. Apaga el cigarrillo en la taza de café frío sobre el apoya brazos, ¿cuánto tiempo hace que llueve? Hace dos días que habló con ella, que se desmayó en la entrada de la uni, que tuvo que comerse una hora sentado en el pasillo porque el Negro no quería que se fuera en la moto si no se sentía mejor. Dos días que llegó a casa, llamó a su compañera para que le dijera al dueño del local que estaba enfermo, apagó el celular y, sin prender las luces, se tiró en la cama a fumar y mirar el techo.
Y de esos dos días llevo uno y medio ebrio, soy patético. Mira la botella vacía de vodka, el frasco del café que lleva ya varias horas diciéndole que tiene que ir hasta el almacén. ¿Me queda un sólo cigarro? 
Llueve a cántaros. ¿De dónde surge la expresión esa? Ah, es como baldazos. No puede ser que no tenga otro atado por acá, ayer tenía cuatro en la mesa de luz. 
No hay ni una colilla en toda la casa. Resignado, busca su billetera, se calza las zapatillas y un piloto. Hace frío como para andar en remera y bermudas ¿cuándo me cambié el jean por ésto? pero de todas formas sale al patio, se acomoda la capucha y abre la puerta del pasillo.
Son dos calles en que el golpeteo de la lluvia sobre la coronilla parece tortura de película. Seguro es por el agua que le empaña los ojos que le cuesta tanto enfocar, ¿no? Y dónde estará ella (seguramente en alguna clase aburrida, a unas cuantas cuadras bajo esa cortina helada), y ¿estará pensando en mí?
Ey, pibe, ¿estás bien? El almacenero es un gordo simpático al que llaman el Turco, y mira con preocupación los ojos rojizos e hinchados del muchacho, la ojeras profundas, la mirada desenfocada. Sí, estoy bien Turco. ¿Qué te doy?
Tres Marlboro box, un paquete de café de filtro... Sí, dame cualquiera, da lo mismo. El Ruso se estira para bajar un paquete, él consigue leer las etiquetas de las botellas. ¿Desde cuándo vendés Smirnoff? Sí, dame una botella. ¿A ésta hora, nene? De pronto él se da cuenta que, a pesar del cielo encapotado y la oscuridad reinante en la calle, apenas es mediodía. Sí, dale. ¿No llevás algo de comida? No, dejá. ¿Cuánto?
Te quedo debiendo cinco, mañana te los traigo, promete. Sale con el tintineo del llamador de ángeles de la puerta sonando encima de su cabeza, y ahora la lluvia ha cedido un poco. Pero la llovizna le hace cosquillas en las pantorrillas desnudas y se ha olvidado el encendedor en casa, no puede prenderse un pucho.
Apenas le faltan diez metros para llegar y nota, en la entrada del pasillo, una figura conocida. Hombros pequeños, saco negro, el cabello oscuro y mojado pegado a la cara. Entre los labios un cigarrillo con el papel húmedo, los brazos cruzados y un pie marcando el ritmo impaciente de los segundos.
¿Qué hacés acá? Pregunta él. Adiviná, responde ella.

2 comentarios:

Andree DeLaytz dijo...

cada vez se pone más interesante Andre *w*
eres una muy buena escritora, no lo olvides...cree en ti misma, solo así lograras ser lo que quieres! Beso

fleew dijo...

siempre es vodka *-*