Mentir

Tanto tiempo haciendo como si nada. Vos y yo, me alejé porque no quería ver que te gustaba. ¿Querés un poco? Le ofrece la botella, ella niega con la cabeza. Si hubiera mirado con atención, digo, si no hubiera cerrado los ojos, hace mil años; pasame fuego; hace mil años que me hubiera dado cuenta. Me engañó siempre. Siempre. Y yo la amé siempre.
Todos nos mentimos alguna vez, murmura ella, se hace un ovillo en el sillón. Él sigue desparramado en el  futón, con el vodka en una mano y el cigarrillo en la otra. Afuera, otra vez llueve. No se puede vivir sin mentir, la verdad es (casi siempre) demasiado cruel. Ella está hablando de otras cosas, claro, pero hablan de lo mismo. Del amor no correspondido. De lo mucho que les duele.
Tengo que dejar de fumar, ¿ves? En eso miento siempre. Vivo aplazando fechas límites para dejarlo. Ella casi se permite una sonrisa con ese comentario y dice a su vez; prometí que ya no iba a llorar por amor, y acá estoy. Brindo por eso, dice, y levanta la botella. Ella alza la taza de café. Entra un viento frío por la puerta entreabierta.
Tengo miedo. Farfulla, quizá por la vergüenza o por el alcohol. ¿Y si no dejo de quererla nunca? Mira afuera a la lluvia. Piensa que nunca más va a reírse de esas pelis dramáticas y aburridas en que los protagonistas pasan dos horas llorando y diciendo cursiladas. El toldo sólo cubre la mitad de la ventana y puede ver la frontera exacta entre el lado del mundo en que llueve y el lado en que no. Una sóla línea de agua. O dos. ¿Dos? Tengo que dejar de tomar, ¿no?
Sí, un poco. Un silencio cortito, de esos de sé que voy a decir una boludez pero quiero decirla igual. Hay uno, que dijo que nadie se muere de amor, ni por falta ni por sobra. Yo no le creo. Los poetas son todos mentirosos. Bécquer, ese hijo de puta meloso. Y Neruda también. Los cien sonetos de amor se los escribió a una y se acostaba con otra. ¿Sabés qué? Pasame el vodka.
Él se ríe de la rabia con que lo dice. Siempre fue una gran lectora, desde que eran pequeños, y le preparaba los resúmenes de los libros del colegio que él no leía. El prefiere la música de cualquier forma. Eu, prendé la compu y poné algo de música, ¿dale? 
La ve desaparecer por la puerta, oye el zumbido del gabinete, el bip bip. ¿Te llevaste la botella? Te la llevaste, forra. No tiene fuerzas para incorporarse, y nada asegura su equilibrio. Por las dudas, se queda en el sillón, viendo cómo el cuarto da vueltas despacio, como si cambiara la dirección de la calesita para no marearse. Acá, y allá, y acá.
Escucha la voz de Yorke, que no sabe modular y siempre parece que está agonizando. Perfecto, si con ésto no me suicido, es un milagro. O una suma de.
Y Thom canta probate a vos mismo, y la canción es más bien larga, pero termina y ni la chica ni el vodka aparecen. Hey, peque, ¿estás bien? Se obliga a ponerse en pie, a caminar hasta la puerta. La ve sentada en el borde de la cama, sin el saco ni las zapatillas, con la botella apoyada en los labios.
La luz azulada del monitor ilumina los ojos brillosos, las mejillas húmedas. Sin mirarlo, empina la botella. Toma con la ansiedad del que necesita -como él- no pensar. Él se acerca, y le saca la bebida con poca delicadeza. Estira un brazo para dejarla arriba del armario, fuera de su alcance, y se sienta a su lado. 
Ella tiene un cigarro recién encendido, él apaga el suyo contra el suelo. Dame una pitada, le pide, pita despacio, y apaga el cigarrillo de ella. Suena Creep, el tema más trillado, más adecuado. You're so fucking special. Hey, ¿qué hacés?
Nada. La besa despacio, Yorke canta y estoy jugando conmigo mismo, y a vos qué te importa. (Vamos a fingir, que a ella, a mí, a nosotros, que no nos importa, ¿dale?) Sobre la música, el sonido sordo de las zapatillas contra el suelo, el tintineo del cinturón, el susurro de las camisetas. Sin alarmas, sin sorpresas.

1 comentario:

Lau dijo...

Me sigue encantando cada cosa que leo.
Beso.