Quebrar

La puerta se cierra con el golpe de metal contra metal (no tengo motivos, ni derechos, digo, para sentir celos, no tengo justificación pero; piensa ella y apura el paso), él sigue inmóvil, mirando por donde acaba de irse. apretando demasiado la mano de su amiga, de su lo que sea, de quien sea.
Y ella que tampoco atina a decir palabra o moverse o respirar; formando en su cabeza la relación imposible pero cierta del teléfono sonando, la puerta al abrirse, él, ella, ¿lo pensó así? No puede, por más que lo intente, darle sentido a lo que no lo tiene.
Se le llenan los ojos de lágrimas. Le laten las sienes. ¿Y si voy a buscarla? No tiene caso, ya no tiene caso. Suelta su mano con brusquedad, enciende un cigarrillo y le tiemblan las manos, deja caer el encendedor al suelo y se pone en pie con equilibrio dudoso. Evita mirarla, siente el humo que le quema al pitar demasiado hondo.
Hay personas frías, siempre un poco ajenas, cerradas al mundo; esas que solo se muestran en momentos de fisura. Entonces parece que se desarmaran enteras, dejan salir todo lo contenido, se les rasga la piel y se derrumban. A ese extremo, con esa claridad ve ella la forma en que él se quiebra. El filtro aplastado entre los dedos, las lágrimas bajando por la mandíbula tensa, una destrucción derramándose de cada poro.
Reacción instintiva del que sabe ser amigo: se pone en pie, se acerca a él con cautela, le roza el brazo. Hey. Él mira el piso, respira agitado, aprieta los puños. Lo abraza con cuidado, como si fuera a romperse -a romperla- al contacto, tranquilo, vas a estar bien.
No voy a estar bien ¿sabés? tiene la voz un poco ronca, vacilante. Ella apoya la frente en su pecho -es él muy alto o ella muy bajita-, siente la sacudida de un sollozo. No voy a estar nunca bien, no va a estar nada, nunca bien, repite, como si quisiera gritar pero murmurando.
La aparta con una mano, como aguantándose para no empujarla con brusquedad, despacio, y regresa junto a la pared, se sienta y esconde la cara entre las rodillas. El cigarro se consume entre sus dedos, ella se sienta a su lado. Lo último que tenés que hacer, cuando alguien se está quebrando, es dejarlo solo.
Aguarda un segundo, un minuto, quizá una hora escuchando el sollozo contenido, la forma en que el aire se le ahoga en la garganta, y las costillas que parece que con cada estertor (¿esa es la palabra correcta? no recuerda muy bien el significado pero se le antoja dolor enorme, quizá no sea la más adecuada pero sí se parece un poquito, ¿no?) chocaran entre sí. El peor silencio: el de la calle afuera, alguien que pone música en la casa contigua, el mundo respirando y él, derrumbándose.
No puede estar bien, nada. No puede sin ella. Es todo ¿entendés? ¿Cómo pudo? Y yo que sigo queriéndola, siempre voy a quererla. No puedo no quererla. Fue la primera, la última. Le di todo, tiene todo lo que es mío. Confianza, esperanza, fidelidad, amor, secretos, proyectos, oportunidades, sinceridad, futuro. Todo tiene, dice, apenas levantando la cabeza para que la voz no quede atrapada en el hueco ente su torso y sus piernas. Y otra vez se le cierra el pecho, y calla.
No debería perdonarla, ¿no? Agrega, casi una eternidad después. Pero, ¿cómo no perdonarla? Lo intenté, te juro. Ella no dice nada, sólo enciende otro cigarrillo y escucha. Quise no perdonarla, quererla un poco menos, desconfiarle, quise querer no quererla. No puedo. No puedo.

1 comentario:

Maary ♥ dijo...

me senti tan identificada, es que a mi me pasa lo que le pasa a el :(, pero bueno hay que seguir . me encanto el blog tenes unos texto muy buenos, cuando quieras pasate
besos