Escribir

Mini se inclina sobre la mesa, tapando el papel con el cabello. Escribe frenética, las palabras se desenredan sobre el renglón sin ton ni son. Mira la hora en el reloj apoyado a su lado, y deja caer la birome a mitad de la frase. Se pone en pie con brusquedad, y hace sonar los tacos camino al espejo.
Mini es bajita incluso con esos zapatos, que cualquier mujer en su sano juicio consideraría una tortura. Siempre camina muy derecha y jamás mira hacia abajo, y menos cuando se para frente a su reflejo.
Se acomoda el pelo en un rodete flojo, se pone máscara en las pestañas. Frunce los labios y sonríe. Siempre sonríe en los espejos. Siempre desde la primera vez que se puso tacos altos y un vestido apretado, y descubrió que no sólo era hermosa. Era poderosa.
Ella opina que hace años que deberían haber dejado de decirle Mini. En algún momento de su pubertad dejo de ser mínima, minúscula. Va a cumplir veintiuno dentro de poquísimo y (aunque sigue siendo la más baja de sus hermanas, la pequeña en la oficina, la diminuta cuando entra a una clase) ya no es “mini”. Bajo ninguna circunstancia.
Vuelve al escritorio, se sienta cruzando una pierna bajo el muslo. A pesar de que ya los corrió casi al borde de la mesa, vuelve a empujar el mouse y el teclado para que no le estorben. Termina de escribir la frase, marca un punto que es un manchón de tinta. Vuelve a mirar la hora y saca del bolsillo trasero de sus jeans en teléfono. Marca el número de un taxi.
Habla mientras escribe, como si no necesitara pensar en ello para que su muñeca baile al ritmo de las palabras. En el costado de la mano tiene una mancha negra por la tinta corrida.
Llena la hoja a las corridas, y finalmente cierra el cuaderno. Respira hondo. Siempre que está nerviosa por algo hace eso (escribir casi compulsivamente, volcar todo lo que tiene en la cabeza y quemándole en los dedos sobre una página en blanco) y luego no lo siente.
Se pone un saco y la bufanda, agarra la cartera de encima de la mesa de luz. Esconde el cuaderno bajo la almohada, y al salir del dormitorio cierra la puerta con llave. Grita mamá, no pongas el pasador que vuelvo tarde ésta noche y sale a esperar el taxi en la calle.
Cuando enciende el cigarrillo se habla un poquito, para no sentirse sola
Tengo que dejar de fumar. Tengo que dejar de verla. Tengo que dejar de tomar. Tengo que dejar tantos vicios. La única adicción sana que tengo es escribir.
(Se sonríe triste y aplasta el cigarrillo con uno de sus tacos antes de subir al taxi e indicarle el nombre del bar al conductor.)

5 comentarios:

Solchu J. dijo...

Cuando una mujer se da cuenta de su belleza, se hace fuerte por ese hecho.

Muy bueno, me gusto!

Paula y punto. dijo...

El capítulo anterior me puso re triste.

Aldi dijo...

Me encanta lo que escribís, por favor continualo que ya se lo he hecho leer a muchos amigos y quieren saber como continuas esta historia que en muchos momentos me siento tocada.

Sol dijo...

Que interesante tu blog, te sigo leyendo, saludos.

Ro Sosa dijo...

Realmente es excelente. Me gusto muchisimo, me vas a tener que ver presente en la proxima entrada.