Violencia

Nunca ha sido una persona impaciente, cualquiera que le conozca puede asegurarlo. No necesita prenderse un cigarrillo extra mientras espera a alguien, no se molesta si tardan en atender una llamada suya. Es la única persona conocida capaz de lidiar con el tono de espera del servicio de ayuda de su compañía celular sin tamborilear los dedos sobre la mesa o quejarse.
O era. ¿Me das otra cerveza? La segunda y sólo lleva esperando unos veinte minutos. Llegó temprano, eso es cierto. Siempre llega temprano a todos lados, pero no por paranoia. Sencillamente, no le gusta hacer esperar a la gente, aunque no le molesta que le hagan esperar.
Bueno, casi nunca.
No va a venir, piensa. No va a venir, ni siquiera va a molestarse en avisarme. ¿Le habrá pasado algo? Sólo son cinco minutos, sólo son cinco minutos, se recuerda. Hay un cartel que prohíbe fumar pero nadie lo respeta, y eso le incluye. Suele dejar pasar unos cuantos minutos entre cigarro y cigarro, pero en cuanto deja caer al suelo una colilla, busca en sus bolsillos el atado.
Supone que el problema de la gente impaciente es que piensan demasiado. Lo supone, claro, porque eso le ocurre ahora. No puede dejar de pensar. Qué va a decirle, cómo va a mirarla. Si se sentirá culpable, si tendrá la misma camisa escotada de esa vez, en otro bar, y él tendrá que recordar semejante tortura, y el sabor de su chicle de menta en boca de ajena.
No se da cuenta de que está apretando demasiado el vaso de plástico hasta que siente algo líquido, frío, resbalarle en los dedos. Se mira la mano y nota que la cerveza ha rebalsado por falta de espacio. Se obliga a relajar los músculos, le empieza a doler la espalda. ¿Dónde está ésta mina?
Pero quizá hubiera preferido que no llegara, cuando entra con ese paso seguro y esa sonrisa fría y quitándose el abrigo mientras camina, saludándole con un gesto de la cabeza. Se sienta a su lado, pide un Sex on the Beach. Mini es la imagen misma de la femineidad, con sus tragos de colores y su aspecto casi frágil, la forma delicada de apartar el cigarro de sus labios. Pero es fuerte.
Él aplasta el filtro de su Marlboro entre los dedos a medida que la escucha. Porque ella habla, le da un discursito de diez minutos mientras el vaso se vacía entre sorbito y sorbito. En realidad está más preocupado intentando no golpear lo primero que tenga cerca como para escuchar todas las palabras (autocontrol, se dice, por dios, controlate, imbécil) pero entiende el concepto general.
Si me disculpás, tenía otros planes, le dice, y deja el vaso vacío en la barra. Le da un beso ligero en la mejilla, cuando cualquier otra persona hubiera preferido ese roce de mandíbulas que se da por cortesía en situaciones semejantes, y desaparece. La puerta se cierra enseguida, pero una corriente helada se introduce en el ambiente calefaccionado del bar, en sus pulmones, en su sangre. 
Apoya el vaso vacío en la barra con tanta fuerza que lo rompe. Se disculpa, apretando los dientes, pero la chica que le cobra (dos cervezas y un Sex on the Beach) nota la violencia emanando de él, una rabia fría, imposible. Le dice que no hay problema, le sonríe un poquito. Sólo un poquito.
Pero claro, sí hay problema. No voy a dejarla ir tan fácil, dijo Mini. Con esa sonrisa. Yo la quiero, vos la querés. Yo creo que me quiere, y voy a pelearla. ¿Algún problema? No, no hay problema. 

2 comentarios:

Mai dijo...

me encanto tu blog tus entradas son muy bonitas seguime yo lo hare http://justhewayoulie.blogspot.com/

Lucy in the sky - dijo...

Hace mil no entraba a este blog. ¿Volviste a escribir algunos capítulos viejos? Los correjiste, ¿no? Porque hay cosas que no recuerdo. No se si fue porque esta vez me lo leí todo junto de un tirón, pero los escritos están mejor de lo que los recordaba. Seguí, nomás, que tengo curiosidad por ver como termina este triángulo.
Besos, Andre; espero que andes de pelos.